Muy buen y documentado “La manzana en el sobaco”,
finalizado, además, con un ejemplo del funcionamiento de las feromonas
sustitutivas y sus consecuencias en los individuos de parecida especie.
Mi ámbito de investigación es la
Edad Media y a ella me ataño en estas
apostillas; en concreto, ampliaré, en la medida de mis conocimientos, el uso de
la manzana en la Pérfida Albión.
Imos aló.
Vaya por delante la veracidad de la manzana como recipiente sudorífero.
Podríamos denominarla como un recuperador del recuerdo. La cosa funcionaba así:
gracias a un gran acto de amor, la mujer llevaba una manzana en el sobaco
durante quince días, tiempo suficiente para que esta quedara impregnada de olor
corporal; este fruto era dado al hombre, que marchaba tan contento con el regalo
(se contentaban con cualquier cosa). Pudiera parecerlo, pero no es cosa banal
llevar una manzana incrustada bajo el sobaco durante dos semanas. Haced la
prueba; es incómodo que te cagas.
Investigaciones en enterramientos de grandes guerreros,
desfacedores de entuertos y demás parientes cercanos al Rey Arturo, dejaron al
descubierto que, en un principio, la realidad de estas amantísimas mujeres era
mucho más sacrificada. En el interior de las tumbas, al lado de los restos del
esqueleto, acompañando a los instrumentos del guerrero, lanza, espada, escudo,
casco…, etc., se encontraba un melón (o varios, según como fuera de picaflor),
cargadito de feromonas. Convendréis conmigo que un melón es algo exagerado para
llevar abrazado día tras día, pero, por aquel entonces los tíos eran muy
brutos; no olvidemos que, armados con unos abrecartas grandes, perpetraron la
extinción de una de las especies de mayor tamaño del planeta, los dragones.
Eran, pues, valientes, pero brutos… como ellos solos. Y si ordenaban a sus
amadas que tuvieran un melón adosado durante dos semanas al amoroso sobaco, pues
como si era una calabaza, a callar y punto, no fuera que siguieran el mismo
camino que el último de los dragones.
Una mujer valiente cambiaría el rumbo de la historia, provocando
un trauma en la sociedad de la época (pues todo cambio entraña un trauma. Me
viene a la cabeza, el trauma que implica el paso de una sociedad democrática a,
por ejemplo, una dictadura).
La historia de esta, podríamos denominar, primera feminista
es como sigue:
De todos es sabido que el Rey Arturo se casó con Lady
Gueneveve, Gin para los más íntimos de la corte (esta reina siempre fue muy
afamada en las islas, y todavía hoy se la corea y agasaja tras cada partido de
football). Un mes sí y otro también, Arturo se iba a pelear contra duendes y
dragones, acompañado de sus amigotes de la Tabla Redonda. Llegó un día que
la Reina Ginebra
se hartó; apenas se había recuperado del anquilosamiento del brazo cuando ya
debía cargar de nuevo con otro dichoso melón. Le rogó que la liberara de tamaña
tortura.
-Pero, hombre de dios, ¿qué necesidad hay de llevar un nuevo
melón cada vez que vas a pelear?, que en un año ya van cinco melones, y el
primero todavía retiene el aroma de mi sobaco.
Arturo era terco como un rey y no dio su brazo a torcer.
Antes de cada partida guerrera exigía un melón impoluto.
Una noche lo despertaron gritos bajo su ventana. Apoyose en
el alfeizar, asomose, y su asombro no tuvo límites. Su amada Gin, a voz en
grito, le espetaba puño en alto:
-¡Arturo, melón duro!
Otras voces la coreaban, todas las damas de la corte, y un
caballero, el más puro, Sir Lancelot (venía a ser como el amigo gay de entonces
que termina beneficiándose a la más buena de la pandilla). Pocas noches pudo
resistir el bueno del rey el asedio de su ventana y el poco dormir. Claudicó,
naturalmente, y así, la manzana sustituyó al melón.
Ricardo Corazón de León y los cruzados.
Llevar una manzana en el sobaco tiene su miga, quiero decir
que abulta; el brazo se separa ligeramente del cuerpo y adquiere una posición
como de pistolero; las mujeres cuyos maridos se iban, pongamos por caso, a las
cruzadas, eran fácilmente reconocibles.
¿Eran promiscuas aquellas mujeres? Ni más ni menos como las
de ahora, pero su promiscuidad era más fácilmente detectable. Imaginemos a una
de aquellas damas con uno de sus brazos ligeramente arqueado por la incomodidad
de la manzana que guarda en el nido del sobaco; supongamos que es el regalo
para el marido. Imaginemos que lleva sendos brazos, ligeramente arqueados,
portando una manzana bajo cada uno de ellos; imaginemos para quién es la otra
manzana…
Aquellas que caminaban con ambos brazos separados
ligeramente del cuerpo, aquellas… aquellas no sobrevivieron.
Pero, ya se sabe, cuando ellos van, ellas están de vuelta.
¿Qué podían hacer para que los amores prohibidos aspiraran
con fruición los aromas del amor en las largas horas de centinela o las noches, llenas de nostalgia,
anteriores a la entrada en combate, extrayendo de la faltriquera la manzana
rechumida y acercarla a la nariz para inhalar la suave fragancia depositada por
la mujer amada? (a cien que se ponían algunos).Y lo que es más importante, sin
ser descubiertas por maridos o prometidos.
Los historiadores no se ponen de acuerdo en quién fue la
primera mujer en dar con la solución a tan peliagudo problema, pero una
secuencia, más o menos real, del acontecimiento puede ser la siguiente:
“El amante llama quedo a la puerta de la amada, sabe que el
marido está en la taberna emborrachándose con los amigos (y lo sabe porque él
es uno de ellos).
Toc – toc
Al otro lado de la puerta un susurro le responde.
-
¿Quién es?
-
Tu amante -
contesta el amante.
-
La puerta se abre.
-
Pasa.
Introduce la mano bajo el sobaco y le entrega, con
delicadeza, una uva rechumida que ha costado quince días de sudores.”
De esta manera tan sencilla lograban burlar los celos de sus
señores. Y todos los guerreros partían a las cruzadas tan contentos, los
maridos con sus manzanas, los amantes con sus uvas rechumidas.
No existe una clara constancia de las causas porque los
cruzados recibían tantas derrotas. Una cosa era segura, entre los cruzados
franceses y los hijos de la Gran Bretaña,
entre el rey Ricardo y el rey de Francia, Felipe II, no existía buena sintonía.
Mientras los primeros despedían un fuerte olor a feromonas en varios kilómetros
a la redonda, que hasta los pastores ponían ojillos a las ovejas, el rey
francés y los suyos no llevaban manzanas, ni uvas; por el contrario, se
empolvaban el rostro, se esparcían aceites por el cuerpo y se echaban colonia
de flores en el sobaco. Imposible una reunión entre ambos para tomar decisiones
en la lucha contra los árabes; Felipe, aplicando los dedos a la empolvada
nariz, musitaba:
-
¡Oh la lá! Ordenando, a continuación, el regreso al
campamento.
Luchar aplicando el factor sorpresa, tampoco era plausible.
“- ¡Oh, Magnánimo
Saladino! Un gran acontecimiento acaece, la primavera ha llegado de repente, el
aire se impregna de jazmín y azahar.
-
¡Por las babuchas del imán! Visir, es el ejército
francés que aprovecha la hora de la siesta para cogernos desprevenidos.”
Las tropas británicas tampoco tenían mejor suerte.
-
“Visir, ¿qué es este olor nauseabundo que se extiende
por todo el palacio?
-
Son las tropas del Rey Ricardo, Gran Saladino, pero no
hay de qué preocuparse, el olor no es muy intenso todavía, por lo cual, calculo
que están a medio día de camino, tiempo suficiente para preparar la defensa.
-
Muy bien, encárgate de todo, y manda venir a mi
favorita, no sé que tiene este olor que…”
Ricardo Corazón de León y Saladino se respetaban mutuamente,
incluso se cree que llegaron a entablar una gran amistad.
En una de esas conversaciones entre amigos, en donde se saca
pecho de las conquistas amorosas, Ricardo se envaneció de poseer cientos de
amantes (hasta nuestros días ha llegado la tradición británica de tener bellas amantes entre reyes
y príncipes). Saladino hizo un recuento mental de su harén y finalmente
contestó.
-
Ya, y un genio en una botella.
Pero, cuando le fue mostrado el carro real, donde se
transportaba una manzana y cientos de uvas rechumidas, la envidia se apoderó de
su corazón. Y ya sabemos, las amistades siempre terminan, de cualquier manera.
Las amistades siempre terminan de cualquier manera.