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El autor tiene una obligación: darle unidad a su drama. Se bloquea, y decide airearse. Se sube a los tejados para empaparse de las gotas de rocío del amanecer, que le han contado que purifican... No se empapa de nada. Le parece que está en medio de la neblina pero sigue igual de seco, por dentro y por fuera. Lo mismo no es rocío lo que le pareció que lo era, sino partículas de plomo y polvo en suspensión... y entonces decide coger el coche e irse al pueblo a desayunar un café con porras.  Son sólo unos kilómetros, pero ¡ah... qué maravilla! ¡Viva el hombre salvaje! Sigue el rastro del olor de café y porras y llega a la puerta de un bar, en la Plaza Mayor del pueblo. Inspira hondo, endereza el cuerpo, cierra los ojos... y cuando los abre ve, en el balcón que corona el bar, algo que le demuestra que ha hecho un auténtico viaje en el tiempo. ¡Sí, está absolutamente inspirado! ¡Es dueño del mismísimo Aleph de Borges, puede ver todos lo hechos y todos los tiempos de la historia simutáneamente! ¡Es Dios! Su drama está condenado al éxito. Y entonces baja la mirada unos milímetros, y ahí sigue la puerta del bar, con su café, sus porras... y su televisor.
Pide un café sólo, doble y en taza grande. Detrás del camarero hay un calendario. 10 de marzo de 2007. Las noticias que ve en el televisor confirman la fecha: 10 de marzo de 2007. Bebe de un trago. Paga con monedas de curso legal a 10 de marzo de 2007. Sale, aún confuso. Echa una mirada de reojo al balcón temiéndo que siga ahí lo que en efecto sigue ahí. Echa una última mirada al televisor del bar temiendo que lo que veía allí siga allí. Echa una mirada a los paseantes y a los clientes temiendo que lo que él ve es lo mismo que todos ven. Y sabe, porque lo sabe, que la mitad de ellos ven lo mismo que él ve, y la otra mitad no ve.
Y entonces vuelve a su casa, y piensa que tal vez tiene que borarr su primera acotación "Madrid 2006". Piensa que va a ser mejor dejarla en "Un lugar imaginario". La realidad es incomprensible.
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