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15 de Mayo, 2008


La cicatriz

Hoy las fotos están mudas.

Me sorprende incluso que haya habido una que dijese "elígeme". Les pregunto, y no hablan. Me siento como el personaje "Y" de Abandonos, de "Pervertimento" (¿o es de "Otros gestos para nada"?) de Sanchis Sinisterra. Creo que publiqué ya aquí esa pieza hace tiempo. Veré si la tengo a mano, para evitar el pinchazo, o si lo busco y pego el enlace. De momento vuelvo a sorprenderme, esta vez de que esté hablando yo, porque la mudez era mutua hoy. Oí "elígeme" y dije: pues ahí vas, sin texto. El título salió solo, rápido, nada más pegarla. Porque desde que vi esta foto, que parece Cuba pero es Zamora, las sensaciones son muchas pero ninguna se concretó porque siempre son eclipsadas por la cicatriz de esta espalda en primer plano. Una herida que nadie se ocupó en suturar y en la que aún se ve y se verá siempre la huella del arma que la causó (¿guadaña, hoz?).

(No encuentro el texto de "Abandonos". A estas alturas ya procedía enlazarlo más que el pegarlo, porque finalmente, contra todo pronóstico, ya hay palabras en este post. O incluso ya no procede nada. Sin embargo hace cinco minutos también él me dijo "elígeme", así que ahí va. No lo encuentro en el blog. Si es que lo publiqué, que ya no lo sé, vete a saber con qué título fue. Copio y pego de mis documentos, pues:
Aquí va:)

X.- Vamos, anímate, reacciona. No te quedes así.

Y.- ¿Así? ¿Cómo?

X.- Así... postrado(a), alicaído(a), inerte...

Y.- ¿Te parezco inerte?

X.- Indiferente, insensible, como dormido(a).

Y.- "Dormir..."

X.- ¿Nada te afecta? ¿Nada te estimula?

Y.- "...tal vez soñar."

X.- Antes no eras así. Vibrabas con la vida.

Y.- "Y con un sueño..."

X.- Has de volver a ti. Salir de esa apatía.

Y.- "...pensar que damos fin..."

X.- Vuelve a mirar las cosas como antes.

Y.- ¿Antes de qué?

X.- Recupera el deseo, las ganas de vivir, de actuar.

Y.- ¿Antes de qué?

X.- Antes.

Y.- Antes... Dilo otra vez.

X.- Antes.

Y.- Otra vez.

X.- Antes.

Y.- Otra vez.

X.- Antes, antes, antes...

Y.- ¿Te das cuenta?

X.- ¿De qué?

Y.- Esa palabra: antes. ¿Te das cuenta?

X.- ¿De qué?

Y.- Ya no significa nada: antes...

X.- Antes...

Y.- ¿Comprendes?

X.- No se trata de comprender. Se trata de vivir.

Y.- Vivir...

X.- Sí: vivir... Y deja quietas las palabras.

Y.- ¿Quietas?

X.- Les das vueltas y vueltas sin objeto... hasta que las vacías. Eso es lo que te pasa. Por eso te abandonas.

Y.- Son ellas.

X.- ¿Qué?

Y.- Ellas, las palabras. Ellas me abandonan.

X.- ¿Qué quieres decir?

Y.- Llegan a mí sumisas, susurrantes, pidiéndome permiso para entrar y quedarse. Yo las dejo anidar, como pequeñas larvas inocentes, crecen por los rincones de mi cuerpo, se nutren con mi sangre, con mis sueños, aprenden a jugar por mis pulmones, navegan por mis linfas, se aparean, se acoplan, se asoman a mis ojos, a mis labios, saltan entre mis dedos, me hacen cosquillas en la piel, invaden mi memoria, me la llenan de ecos, de figuras, de aromas, me la revuelven toda. Luego salen al aire, al sol, al mundo, revolotean a mi alrededor, van y vienen sin parar, liban entre las cosas, se zambullen fugazmente en los otros... pero siempre regresan, saciadas, a sus nidos. Yo las oigo murmurar allí, contarse sus secretos, reír o entristecerse, inventar aventuras, o bien exagerarlas; algunas mienten descaradamente, otras quedan calladas, retraídas, no sé muy bien por qué. Pero las hay también que vuelven tarde: regresan cuando nadie las espera, armando mucho escándalo o, al contrario, casi furtivamente, y están muy excitadas, o furiosas, o atónitas, o abrumadas, o exhaustas, como si vinieran de muy lejos, como si hubieran sufrido algún extraño encuentro, alguna experiencia abrumadora... Y yo no las comprendo, ellas no me explican nada, pero yo siento que traen el corazón enfermo, que están llenas de rabia, de miedo, de esperanza, podridas de absoluto o de miseria, que ya no son lo que eran, que no se reconocen entre sí, que se evitan, huyen unas de otras, se acometen, incluso, intentan destruirse, devorarse, aniquilarse, y aniquilarme a mí, sí, envenenarme el alma, las vísceras, las fuentes del lenguaje, la mirada... Y poco a poco logran su propósito. La peste va extendiéndose, invade las arterias, entra en los alveolos más secretos, irrumpe en las encías, infecta los deseos, los huesos, las promesas, los nombres, los pronombres... Cunde por todas partes la sospecha, el desaliento, la gangrena, el pánico. Y digo yo, y siento una punzada; digo puente, mañana, y suena a hueco; digo revolución, y huele a muerto. Se me van suicidando las palabras, sucumben al contagio sin la menor resistencia, se arrojan a la hoguera, a la locura, al vacío... Abro el diccionario y ya no hay más que miles y miles de pequeños féretros. ¿Te parece que hablo, que pronuncio palabras? No es así: mastico sus cadáveres y luego los escupo.

X.- Basta.

Y.- No son palabras vivas: son sólo sus cadáveres, ¿comprendes? Huesos, plumas, escamas, caparazones, uñas... Eso es lo que escupo al hablar.

X.- Basta, por favor.

Y.- Y las que logran sobrevivir, salvarse del contagio, huyen a la desbandada. Me abandonan, en fin.

X.- Cállate

Y.- Son ellas quienes me abandonan, me despueblan, me dejan desierto(a), yerto(a), muerto(a)...

X.- Por piedad.

Y.- Postrado(a), sí, alicaído(a), sí, inerte... Inerte.

X.- ¡Tú lo has querido! (Sale.)

Y.- ... otra palabra que me abandona.

Publicado por Pedro y Bubela el 15 de Mayo, 2008, 2:33 Comentarios 8 | Comentar | Referencias (0)

 

 

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