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Barcelona es una ciudad extraña. Donde yo me encuentro muy poco extraña. "Tú eres de Barcelona" es una frase que me persiguió durante años y que yo no comprendí hasta que conocí Barcelona. Igual que me persigue hace años la frase "tú eres de Mac" (lo oigo cada vez que hago preguntas acerca de la lógica ilógica de mi PC) y que tal vez comprenda el día que tenga un Mac.
Nunca reflexioné por qué me encuentro tan bien allí. Pero ahora que os lo cuento, puede ser por la mezcla radical de orden y caos, de ciudad europea y arrabal mediterráneo. No sé.
Aquí os va un tramito de un paseo. En primer lugar, el Liceo, mi disculpa para ir esta vez. Cantaba una ópera una amiga. "Muerte en Venecia", de Britten. Yo tenía una entrada "sin visibilidad". Estaba casi todo vendido, y aunque no lo estuviera. No podía pagas los 150 euros de las entradas que quedaban. Realmente no creí que la definición de la entrada fuese tan real. Sólo veía (y eso si me abocaba por la barandilla, con riesgo de aterrizar sobre las repeinadas señoras y los perfumados señores de las butacas) la línea de proscenio y la orquesta. Y ambas cosas a través de los huecos que dejaba una lámpara de 10 tulipas colocada justo 30 centímetros debajo de mis arriesgadas narices.
¡Pero! el hada madrina apareció de nuevo (no dejó de aparecer en estos cuatro días) y tres minutos antes de la función me vinieron a sacar en volandas de mi jaulita del 5º piso porque alguien me había conseguido un palco de platea. Imaginaos a la menda corriendo desaforada por aquellos pasillos infinitos hasta colocarse sudorosa y jadeante (pero muy digna) en su supersilla superprivilegiada. Y menos mal. Porque la ópera ¡es para verla! una auténtica maravilla que me gustaría poder contaros con más calma.
Esa ventanita en primer plano, a la izquierda, era (aún lo es, hasta el día 30) del camerino de mi amiga. Con vistas a la Rambla de las Flores. Camerino con maquilladora y piano, como dios manda en los teatros de ópera. Y con registro de entrada y sala de espera cómoda para las visitas, como manda la lógica (esa señora tan esquiva).
Pero, unos metros más allá, justo detrás del Liceo, el laberinto del Raval. Docenas y docenas de calles como esta que veis. ¿La veis? Yo tampoco. La colada del barrio entero en cambio se ve perfectamente colgada de tendederos acoplados sin el menor pudor a las barandillas de los balcones. Una cosa insólita (que pasa no sólo en este barrio). Uno trae en la retina los palacios maravillosos, las casas flipantes y los Gaudís de caerse de culo, y se topa con esto sin tiempo para reaccionar. Un viaje súbito en el tiempo.
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Y de pronto doblas una esquina y, aún con las camisas y las sábanas sobre tu cabeza, te topas con esto otro. El fabuloso Macba de rodillas a tus pies. A tus pies que salen por idems (cuestión de supervivencia) porque es el lugar elegido por los monopatinadores para lanzarse por su plaza y sus escaleras.
Y vuelves a doblar la esquina y... Bueeeno, otro día.
(Por cierto, ahora que he puesto el título. Hablando de Muerte en Venecia (más o menos). Hoy he visto un documental, "Un lugar en el cine", sobre (más o menos) Pasolini, el neorrealismo, el cine de la "resistencia" (más... o menos). Me defraudó un poco. Pero si alguien tiene sed de Erice, que vaya a verlo. Víctor Erice, ya que te muestras tan poco (tanto tú como tu obra) ¡que te clonen! ¡Pero ya!).
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